Clementina y la serpiente.

No nos dejemos engañar por su título de impacto que despierta el morbo y la perturbación como gancho efectivo.
La sangre llama es una exposición sobre el amor, nada más claro.

Eduardo Sarmiento es uno de los artistas más pasionales que he conocido, pero esa pasión la expele en sus obras,
de una forma muy personal y a veces confusa para el ojo no avisado. No hay una forma correcta de entender la obra de Sarmiento,
es lo que tú quieras: agresiva, mental, enfermiza, hermosa. En ella es posible encontrar frente a frente las caras más ocultas
de esos clichés con los que vivimos diariamente, para darnos cuenta que nada es absolutamente bello y nada es absolutamente feo.

La sangre llama es la primera exposición personal de Sarmiento en Cuba. Por eso no podía ser de otra forma que con retratos
de su familia heredada y su familia creada. La sangre llama por amor, añoranza, desesperación, desengaño, por lo que sea,
pero siempre llama. Sarmiento no queda indiferente y por eso esta exposición adquiere un carácter muy introspectivo.
Se siente como estar entrando en su habitación, su guarida, el espacio personal del artista, y hurgar en sus memorias,
en su álbum familiar.

Sarmiento es ante todo un devorador de la historia, un apasionado del arte y de la vida, por eso en cada uno de estos retratos
lo vemos transformarse guturalmente e ir de Chaim Soutine a Lucien Freud en solo unos pasos. Pero también es inevitable
ver gestos de la escuela de Londres de la posguerra, esa pintura expresionista y desgarradora, de figuración grotesca y exacerbada,
enfocada en la inestable condición humana como recurso.

¿Pero cuál es la esencia de esa condición humana?: el amor, la traición, la historia, el pasado, la familia, la enfermedad, la muerte.
Ninguno de los retratos de Sarmiento escapa de estas circunstancias y en ellos encuentras la belleza de la distorsión, la fealdad del amor,
lo grotesco como estética. En las obras de Sarmiento la maternidad duele, el amor duele, el sexo duele, la vida duele… y tiene cicatrices.

Sarmiento se autorretrata obsesivamente, retrata a su hijo, a su esposa, a su gato, su abuela, bisabuela, tatarabuela,
siente una necesidad imperiosa de registrar su vida, sus seres queridos. La fotografía es un recurso demasiado frío para él,
el lápiz, el grafito, el pincel, ellos sí que son veraces.

La sangre llama es un regreso al origen, una deuda con su pasado y la única forma de ver claro el presente. Sarmiento siente
la necesidad de llenar ese vacío familiar, su propia historia, cubierta de mitos, de espacios inconclusos que ahora llena con retratos
una y otra vez, como quien no quiere dejar caer nada en el olvido. Vemos el alma entregada en cada historia de su árbol genealógico,
-la pieza central de la exhibición- que son también historias de amor. Clementina y Gerardo, Hermenegildo y María de Atocha,
Clotilde y Antonio son algunos de los personajes, casi de ficción, en esas historias de su pasado. Ellos se ven acechados constantemente
por serpientes, lagartos, ranas, todo tipo de animalejos que como demonios vienen a recordarles la fragilidad de la vida y Sarmiento,
como buen exorcista viene a despojarlos de toda culpa.

Al final todo ha sido una elipsis tautológica para llegar a la esencia, a la sangre de su sangre, herencia, tradición, familia;
todo lo que quedó atrás, pero no con una actitud nostálgica ni de culpabilidad: lo que quedó atrás ha mutado, ya no es más y punto.
Es una búsqueda antropológica de sus cimientos, en su familia pasada busca los códigos de un presente que se le hace insoportablemente
estable, y hay que derribar fronteras intelectuales, hay que evitar acomodos territoriales.

En Sarmiento se cumple ese instinto de supervivencia: mi cuerpo es mi casa, mi cuerpo es mi país. Y en esa, su zona de confort,
lo veremos pintando y dibujando desenfrenadamente,  hasta caer al final exhausto… de amor.


Cristina Figueroa

Ensayo para el catálogo de la exposición La Sangre Llama.
Noviembre, 2016