SARMIENTO EN SU PROPIA HOGUERA – por Jesús Rosado

Insolentemente inquisidora. Neuronal, pero a la larga, perseverando en insolencia. Todo lo que se advierte en fabulación es, como también lo fue en Bocaccio, un pretexto para lanzarse a la aventura roja del autocuestionamiento o la autoponderación.

No es mera coincidencia que Joaquín Badajoz nos presente en sus palabras al autor de Burning in His Ownhell como una suerte de Dante postmoderno. Habría que especular si la invocación es más abarcadora. Porque si la tesis de Eduardo Sarmiento se limitara a la introspección mefistofélica de la naturaleza humana, la equiparación vale. Pero junto con ello, tal como sucediera cuando Boticelli necesitó comentar el Nastagio degli Onesti, en la” boccación” de Sarmiento, también concurren por decreto lírico y contenido humanista, las contribuciones egopoéticas de Dante y de Petrarca.

Sarmiento satiriza el orden histórico de la pasión humana. Lo hace sin tabúes ni prejuicios, porque justamente es con esa falta de emancipación con lo que polemiza. O para decirlo en mejores palabras, la confronta con cinismo, que es quizás la cualidad desvergonzada que puede sanear con eficacia la mentalidad intoxicada por siglos de hipocresía. Asúmase en cada una de sus imágenes, episodios de los dramas endocrinos que se desatan en la intimidad del sujeto. La autohoguera de Sarmiento es un incinerador de vicios de convivencia y represiones sociales. Alimentada con leña vernácula combustiona el debate moral en torno a la sexualidad y su superestructura emocional, afrontándolo con la responsabilidad de iniciarlo por sí mismo.

Lo acomete formalmente desde un pulseo naive entre el legado del fauvismo y un simbolismo herético y subtropicalizado. Quizás con cierto sarcasmo primitivo de tierra adentro que recuerda vagamente al villaclareño Feijoo, batido a mano con la presencia del erotismo onírico de Dalí. Sus saturaciones, aunque de altas temperaturas, no son clasificables como caribeñas. Están teñidas por los extrañamientos postmodernos que hoy día hacen ambigua la filiación territorial de los creadores. La paleta (o el lápiz) se desarropa, disimula las evidencias de identidad y pluraliza su discurso. Aunque no pueda refrenar cierto instinto viñetero, Sarmiento toma riesgo y salta por sobre el repetido ejercicio del diseño, decidido a involucrarse en la pintura. Cuenta con pulso para ello y está dotado de sentido del color y laboriosidad sutil en el juego de profundidades.

Lo del “acartoonamiento” será el recurso consecuente con una visión lúdica de la propia biografía personal. Porque para Sarmiento las penas o las zonas oscuras del perfil humano no aparentan contraponerse al camino hacia la luz y el desenfado. Su moraleja incendiaria demuestra una actitud cáustica y jodedora, oportuna para el resarcimiento. De no ser así, lo devorarían sus demonios pendientes de exorcismo. Engullirían pincel, cerebro y vísceras y hasta la apariencia pulcramente parisina del artista.


Jesús Rosado

Miami, 27 de junio de 2010
TUMIAMIBLOG