EDUARDO SARMIENTO: PASIONES, FIERAS Y OTRAS LENGUAS – por Janet Batet

La obra de Eduardo Sarmiento (Cienfuegos, 1980), quien vive y trabaja en Miami, se inscribe dentro de la denominada crónica urbana. Sus pinturas y dibujos son el justo correlato a nuestros miedos y prejuicios, al tiempo que una exaltación de nuestra existencia, a partir de personajes clichés que, impregnados de fabulación e ingenio, nos hacen cómplices de sus instintos más primarios y de las pasiones más intensas.

Tal es el caso de su exposición personal Burning in his Own Hell (Ardiendo en su propio infierno) ahora a disposición del público en Edge Zones Art Center, gracias a la curaduría de Joaquín Badajoz y Carlos Luna.

Adentrarse en el universo de Sarmiento es una experiencia no exenta de riesgos. En primera instancia porque el artista se maneja en un terreno movedizo, tomando temas tabús que despoja de todo tono sentencioso y dotándolos de un aire divertido y socarrón. La lujuria entonces deviene piedra angular sustentadora de una iconografía muy personal donde lenguas de fuego, rosas, penes, cuchillos, canes jadeantes, pechos punzantes, cuernos, sierpes y escaleras nos seducen avivando el deseo.

Desde el punto de vista formal, la obra de Sarmiento es estridente. Los colores chillan. Los ardientes naranjas, amarillos y rojos, lejos de atemperarse ante los azules y morados, irradian en todo su esplendor e invitan al contagio. Hay mucho del fauvismo francés en este escándalo cromático donde la provocación se instala como elemento central. Y es que la analogía semántica –fauve en francés significa fiera– es clave esencial para la comprensión de la obra de Sarmiento, que es, ante todo, un bestiario único a través del cual el artista recrea personajes mitológicos inspirados en nuestra cotidianidad: el acertijo a nuestras quimeras y apetitos más internos.

Sus gráciles personajes tienen mucho de caricatural. Asistimos a símbolos deudores en gran medida del cómic y del mundo del diseño, esfera en la que tiene formación el artista. Así, sus figuras-íconos actúan como entelequias del deseo. Símbolos duales –estrambóticos y grotescos protagonistas– que nos hablan de obscenidad, carnalidad y pecado.
El empleo de íconos mitológicos como la serpiente y el dragón enfatizan este sentido de bestiario, lo mismo que los títulos que introducen en ocasiones el carácter moralizante de estas fábulas urbanas sin par, donde muchas veces el mismo artista se erige protagonista.

Burning in his Own Hell es una exposición interesante con alta dosis de humor. Crónica urbana de nuestros impulsos sexuales y deseos, la muestra constituye un desprejuiciado bestiario contemporáneo que, sin tapujos ni remordimientos, nos desnuda y libera.


Janet Batet

Miami, 27 de junio de 2010
El Nuevo Herald